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El duelo

Una misma pregunta. Dos autores

Gabriel Zanotti

Doctor en Filosofía, profesor en la Universidad del Cema y Director Académico del Centro Friedman-Hayek.

El derecho a la libre inmigración y emigración (a nivel ético, deontológico) nunca había sido un problema en el liberalismo clásico. Al menos, no en Mises, quien, creemos, sintetiza toda una tradición al respecto.

El liberalismo nunca había planteado las libertades individuales como fruto de una nacionalidad. Las libertades individuales se plantearon, no sólo como el resultado de la evolución del common law (Hayek) sino como un ideal de igualdad basado en un respeto al individuo en cuanto tal: all men are created equal…. Y ello, a su vez, como fruto de un largo proceso de maduración en la noción de persona, que fue originada en el Judeo-Cristianismo.

Por ende, la libre movilidad de capitales y de personas formó parte de un ideal, a veces tácito e implícito, practicado en cierta medida entre EE.UU. y Europa al menos hasta la Primera Guerra, e incluso formó parte de países latinoamericanos como la Argentina. La unidad “nacional” era más bien la adhesión a un pacto constitucional originario, en el que la noción de “ciudadanía” pasaba por la aceptación de una Constitución (liberal) más que por la adhesión a una unidad cultural marcada por razas o lenguajes.

En Mises, la distinción entre Nación y Estado permitía claramente cumplir con ese ideal. Mises llegó a proponer una unidad plurinacional en Nation, State and Economy. Horrorizado por las consecuencias de la primera guerra, e intentando prevenir lo que se venía, quiso volver a integrar al otrora Imperio Austro-Húngaro bajo un mismo Estado bajo diversas naciones. “Estado” es, en Mises, el aparato social de compulsión y coerción (Weber); “Nación”, en cambio, es una unidad cultural pasada por el lenguaje (adelantándose notablemente a Wittgenstein con ello). Por ende, un Estado podía reducirse a ser una unidad administrativa en la cual podían convivir diversas naciones, donde los derechos a la libertad religiosa, libertad de enseñanza, libre asociación y libertad lingüística eran esenciales.

Como podemos ver, a nadie se le ocurría, en esta tradición, que la inmigración tuviera algún problema con las libertades individuales. Un inmigrante era siempre un activo; alguien que llegaba y tenía todos los incentivos para ponerse a trabajar en pie de igualdad, respetando los derechos de todos, porque, además, nadie le aseguraba ningún tipo de seguro social. Así sucedió en EEUU y Argentina por lo menos hasta principios del s. XX.

Está de más decir lo que cambió el mundo después de la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, a pesar de los sistemas de seguridad social estatales, el mundo bipolar de 1945 hasta 1991 aseguró cierta libertad de movimientos, al menos dentro del llamado “mundo libre”.

Desde 1991 en adelante, algunos comienzan a ver una etapa de “globalización” más intensa que la anterior. Pero si vamos a estar atentos a las características del intervencionismo descripto por Mises, se trató más bien de la globalización del intervencionismo. Más que capitalismo global, fue un intervencionismo global, caracterizado por un crony capitalism y por controles cada vez más estrictos por parte de todos los organismos internacionales de las Naciones Unidas. Pero a ello sumemos algo inédito hasta entonces: lo que podríamos llamar noción postmoderna de la inmigración.

Una inmigración en la que los migrantes ya no son individuos, sino grupos colectivos que demandan no solo toda la protección social de los Estados Providencia, sino también ser reconocidos en una identidad cultural que no tiene por qué respetar ciertas libertades individuales ajenas a su propia identidad.
Eso es totalmente diferente de la inmigración liberal. En el liberalismo, el migrante es un individuo entre individuos, con los mismos derechos que los demás, y debe respetar los derechos de todos. Pero no porque haya hecho un “curso”, sino porque absorbía un horizonte de precomprensión “liberal” que se fue perdiendo paulatinamente y hoy podríamos dar por perdido con el postmodernismo cultural y la cultura woke.

Esta noción postmoderna de inmigración, alentada por los partidos europeos de izquierda y por el Partido Demócrata norteamericano, ha quebrado el pacto constitucional liberal clásico otrora predominante, que permitía convivir bajo un mismo ideal (liberal) a personas de las más diversas razas, religiones y lenguajes.

Las reacciones ante todo esto han sido de dos tipos. Una, nacionalista, otra, libertaria.

La nacionalista opone una identidad nacional determinada a ese tipo de inmigración y al intervencionismo de las Naciones Unidas. Es la ideología dominante de casi todas las reacciones políticas de derecha en Europa y en cierta medida en el movimiento MAGA en los EE.UU.

La reacción libertaria, en cambio, vuelve a levantar la bandera de las hoy casi olvidadas libertades individuales clásicas ante el intervencionismo de la ONU. No, no es en nombre de una nación que los grupos colectivos no pueden entrar y hacer lo que quieran; no es en nombre de una nación que habría que oponerse a la mayor parte de los tratados de la ONU (la Agenda 2030) sino en nombre de libertades individuales que hoy ya casi no tienen sentido en las nuevas constituciones “sociales”. El sujeto del pacto constitucional, en los liberales clásicos o libertarios (dejando de lado el debate con el anarco-capitalismo), es el individuo, que es a su vez el sujeto de las libertades. Lejos de ser esto una cultura “individualista”, es un ideal que puede dar origen a profundos lazos de cooperación, como ya advirtió Tocqueville en su clásico Democracia en América.

El ideal libertario pasa por esas libertades. No derecho a la información, sino libertad de expresión; no derecho a la educación, sino libertad de enseñanza; no derecho a la salud, sino derecho a la libre asociación. Derechos y libertades negativos que paradójicamente dieron y darán origen a mejores sistemas de salud, educación y comunicación, en contraposición a Estados-Providencia intrínsecamente ineficientes y deficitarios. Por supuesto, esto deja hoy a los libertarios de todo el mundo en una difícil situación de alianzas provisorias, en lo político, con los movimientos nacionalistas de derecha. Qué deben hacer, con quiénes deben aliarse en el sistema político o, al contrario, permanecer aislados (como por ejemplo la mayor parte de libertarios pertenecientes al LewRockwell Institute de EE.UU.) es algo que nadie puede decir a priori. Y qué hacer si llegaran a formar parte de algún gobierno, tampoco se puede proponer de modo universal. Por supuesto que no podrían consentir con ciertas políticas nacionalistas de cierre de fronteras. Pero en las circunstancias actuales, pedir un visado a personas provenientes de ciertos territorios, no parece ser un absurdo. Sin embargo, qué hacer hoy mismo, en la Europa de hoy y en EE. UU., es algo en lo cual un libertario se siente particularmente perplejo.

Por supuesto, puedo estar equivocado. Ojalá haya una evolución de la situación tal que muestre que las preocupaciones actuales eran exageradas. Pero no soy optimista sobre la situación actual, excepto que vaya emergiendo algún tipo de liderazgo libertario que, evidentemente, brilla por su ausencia.

Jorge González-Gallarza

Investigador principal del Centro de Derechos Fundamentales en Madrid y miembro de la junta del Centro de Estudios Judeocristianos.

Es propio de una era sedienta de certezas sentenciar a la ligera frente a fenómenos cuya variedad interna pide, al contrario, especial discernimiento. La “inmigración”, más sin precisar su legalidad, es quizás la más polémica de ellos. El “derecho” del inmigrante y la soberanía (necesariamente colectiva) del Estado receptor son dos de sus fuentes de legitimación no solo en el plano ético, sino también en el jurídico. Acaso irreconciliables en la teoría, deben armonizarse en la práctica para que el dato antropológico que es el buscar mejor vida tras una frontera no genere peores desequilibrios. Pero jerarquizar esas dos fuentes impone una generalización, avalada por el adverbio “principalmente”, que pretende salvar los abismos entre categorías, o canales, por los que discurren los flujos migratorios.

El refugiado de guerra y el nómada digital, el perseguido político y la "golden visa·, tendrán que ampararse aquí en una misma fundamentación. El asilo, asimismo, es a la vez categoría de migrante y derecho positivo a serlo, incomparable con la inmigración económica, más allá de su cualificación o legalidad. Embutir tanta complejidad en un macrojuicio es problemático incluso dentro de cada categoría, pidiendo una conjugación más flexible de las pretensiones de acogidos y acogedores en cada escenario. Topamos aquí con los límites del propio concepto de “inmigración”, que al englobar realidades tan dispares invita a una cierta insensibilidad hacia la dimensión humana del fenómeno.

El ejercicio, por otro lado, no es del todo estéril. Nos cura de utopismos, instándonos a llevar a su extremo cada generalización para razonar por descarte, poniéndolas a prueba de sus límites prácticos. ¿Qué atropellos éticos o ineficiencias económicas causaría filtrar todo flujo por una “decisión política”? A esa extrapolación nos tienen acostumbrados las ONG para quienes las fronteras son inhumanas y ningún ser humano es ilegal, ilustrada en el último decenio por Lampedusa, redadas de ICE (el Servicio de Control de Inmigración y Aduanas de los Estados Unidos) y niños centroamericanos enjaulados. Las fronteras son, además, en esta clave, una penalidad autoinfligida por electorados nativistas irracionales, un error de diseño que deja fuera a millones de cerebros y manos, sin atajar eficientemente los flujos ilegales. Los parlamentos, como los votantes, carecen a menudo de acuidad para legislar de forma predecible, incapaces de adaptar sus normas a realidades cambiantes.

Pero recordemos que, mientras la voluntad de emigrar se consuma si se trata de un derecho, la soberanía es una variable abierta. El derecho inalienable a emigrar que presupone la pregunta no choca con un rechazo granítico a acoger, sino con un criterio receptor, que puede negar ese derecho o reconocerlo. La distopía aperturista puede ser una posibilidad dentro de la distopía soberana.

Tampoco son las fronteras, físicas o burocráticas, una propuesta; como si de regular una tecnología emergente se tratara, o de una política verde de efecto incierto sobre el clima. Precisamente porque existen, conocemos el papel que cumplen y no cuesta imaginar los efectos de su abolición. En Europa, fronteras físicas como la húngara han sido verdaderos diques de contención: 1,1 millones de entradas impedidas por una mera valla. Se estima que el 47% de los africanos—742 millones—han considerado emigrar a Europa. Muchos lo harían, si pudieran, mañana. Hacer primar su “derecho individual” provocaría, cuanto menos, un reto de gobernanza. He aquí la distopía inversa, que podemos llamar sin exageración “fronteras abiertas”, y que evocaba Mitterrand cuando habló de no poder “acoger toda la miseria del mundo”, distinguiendo deber de posibilidad.

Hasta ahora hemos errado limitando la inmigración al allanamiento de una frontera, obviando la asimilación como reto cultural para hacerla tolerable. A menudo se deduce un exclusivismo étnico, con acentos histéricos de los años 1930, cuando planteamos el derecho de las naciones a decidir colectivamente su integridad o permanencia, limitando la inmigración y/o exigiendo que se aculture. Las regularizaciones, en cambio, sólo toman en cuenta el shock cultural cuando ya es irreversible; razón de más para pecar de cautela frente al riesgo de conflicto civil, buscando el consentimiento de ambas partes.

El enunciado, además, no nos exige dirimir entre un escenario de inmigración cero—por usual que sea ese hombre de paja—y la sumersión que profetizan plumas como Raspail o Houellebecq, sino entre una inmigración mutuamente consentida y otra, consentida sólo por el inmigrante, por irrefutable que sea su “derecho”. Ceteris paribus, sólo rechazando la soberanía en sí se puede preferir la ausencia de consentimiento, que es el fondo de la pregunta: ¿fronteras abiertas o inmigración elegida? El consentimiento nacional puede hacer sostenible la apertura a los pobres y necesitados introduciendo la selección en un sistema donde necesidad y capacidad de aportar sean ambos criterios válidos de entrada. Sólo así se rescatará la inmigración, esa constante humana, de la absolutización de sus propios postulados.

Si me equivoco, sería porque las naciones consientan, al contrario, a abandonar toda determinación a autoperpetuarse, de forma razonada y no a causa de una inmigración regularizada pero inicialmente no consentida.

Eduardo Fernández

Politólogo, decano y director del grado en Relaciones Internacionales de la Universidad de las Hespérides

La democracia liberal ha constituido uno de los más importantes experimentos políticos de la historia contemporánea. Universalidad, igualdad jurídica, libertad y participación figuran entre los rasgos que mejor la definen. Las democracias liberales que se consolidaron a lo largo de los siglos XX y XXI se edificaron un pilar democrático, vinculado al sufragio universal activo y pasivo; un pilar liberal, sustentado en un acuerdo prepolítico relativo a la estructura de derechos y libertades individuales; y un pilar republicano, del que derivan la separación de poderes, el imperio de la ley frente al gobierno de los hombres y una concepción del civismo que garantiza oportunidades de participación mediante acuerdos libres y voluntarios de abajo-arriba, más allá de los canales convencionales de representación (i.e. los partidos políticos). En definitiva, la democracia liberal fue el resultado de un particular proceso histórico que tuvo lugar en varias naciones occidentales.

Durante décadas, esta forma política logró generar espacios de libertad individual difícilmente imaginables en otros contextos históricos, facilitando que un elevado número de personas pudiera construir sus propios proyectos de vida sobre la base de sus preferencias, convicciones y aspiraciones. Sin embargo, tal como anticiparon numerosos teóricos de la política, esta no debe entenderse como una estructura fija e inmutable, sino como un proceso en permanente transformación, capaz de adaptarse —o degradarse— en función de las tensiones que atraviesan a cada sociedad. Precisamente esa mutación de la forma es la que hoy observamos en buena parte del mundo occidental, donde muchas de las que fueron democracias liberales plenas parecen deslizarse hacia democracias/autocracias meramente electorales.

Esa mutación es, en buena medida, el resultado de la expansión indiscriminada de la lógica democrática a todos los ámbitos de la vida política y de la progresiva erosión de los pilares liberal y republicano. Cuando ello ocurre, la democracia abandona paulatinamente su dimensión garantista y su vocación de autolimitación institucional, dando paso a una lógica crecientemente plebiscitaria, proclive a lo que Tocqueville y otros identificaron como la tiranía de la mayoría. No obstante, la propia naturaleza dinámica de la democracia liberal, que explica su vulnerabilidad, constituye también su principal fortaleza, por su arquitectura institucional abierta al conflicto, a la corrección (no política), al disenso y a la reforma. Gracias a esto, resulta posible revertir sus derivas autocratizantes y recuperar su carácter abierto, plural e integrador. Todo ello depende, en último término, de la capacidad de la ciudadanía para participar, generar ideas y defender los espacios de competencia y libertad que esta forma política ha hecho posibles.

Si algo ha caracterizado a las democracias liberales ha sido su capacidad de integración, de incorporación de actores diversos en los procesos de deliberación, representación y toma de decisiones. Este rasgo ha tenido consecuencias ambivalentes. Por un lado, ha favorecido el crecimiento del Estado y la aparición de dinámicas de búsqueda de rentas por parte de grupos organizados. Por otro, ha permitido que actores históricamente excluidos accedieran a la voz pública y participaran en procesos competitivos que, aunque en ocasiones duros y conflictivos, han permanecido por lo general dentro de cauces pacíficos y ordenados.

La incorporación de nuevos actores al proceso político ha dado lugar, con el paso del tiempo, a un nuevo mapa de poder, representación e influencia. Este mapa es el que hoy se encuentra en crisis. Si asumimos que la política es un proceso y no una estructura definitiva, la respuesta a la crisis contemporánea de la democracia liberal no puede consistir en su congelación, sino en una nueva mutación. Más concretamente, en una reconstrucción desde abajo. Existen, sin duda, múltiples causas que explican la crisis actual de la democracia liberal a escala global; sin embargo, una de ellas aparece de forma recurrente en numerosos contextos nacionales: la creciente distancia entre élites y ciudadanía. Son muchos los ciudadanos que hoy no se sienten representados por unas élites que, en una democracia funcional, deberían actuar no solo como dirigentes políticos, sino también como referentes cívicos y morales.

Desde esta perspectiva, la salida a la crisis de la democracia liberal exige una fragmentación del poder político que acerque los procesos de toma de decisiones a la población y a las realidades concretas de quienes experimentan cotidianamente los problemas públicos. Para frenar las tendencias autocratizantes que atraviesan a muchas democracias contemporáneas, resulta necesario apostar por fórmulas de federalismo y municipalismo que permitan redefinir el mapa de élites que regula, de manera cotidiana, nuestras vidas. Y la paradoja es que ese proceso de reconstrucción solo puede llevarse a cabo a través de la propia democracia liberal. En la historia política de Occidente —ámbito en el que esta forma política fue concebida y desarrollada— no ha existido otro mecanismo de alternancia pacífica en el ejercicio del poder. Solo mediante instituciones liberal-democráticas es posible recuperar el control sobre las élites políticas y preservar aquello que la democracia liberal ha permitido hacer posible: que los individuos puedan edificar su vida a su manera, conscientes de que su libertad encuentra su límite en la libertad del prójimo y del conciudadano.

Leon Wieseltier señaló hace años que muchos críticos reprochan a la democracia liberal su supuesto carácter procedimental, burocrático y soulless, es decir, carente de alma. Al igual que el intelectual estadounidense, no comparto esa valoración. Muy al contrario, la democracia liberal ha sido la forma política que mejor ha sabido ajustarse a la complejidad de la naturaleza humana. Los seres humanos somos ambivalentes: ángeles y demonios. Somos distintos entre nosotros, pero poseemos una dignidad intrínseca por el mero hecho de existir. La democracia liberal ha sido capaz de acomodar esa complejidad y de favorecer el desarrollo de sociedades abiertas y pacíficas en las cuales se ha disfrutado de amplios márgenes de libertad.

La crisis contemporánea no debería distorsionar el juicio histórico y normativo que, como personas libres, debemos formular sobre esta forma política. La democracia liberal debe sobrevivir, pero también debe transformarse. Esa transformación, lejos de significar su abandono, exige profundizar en sus fundamentos mediante dinámicas de abajo-arriba que refuercen formas de cooperación responsables y voluntarias. Se trata de preservar y ampliar los grandes logros de la democracia liberal: la construcción de un mundo de personas conscientes de su complejidad, libres y responsables. Solo las sociedades liberal-democráticas han edificado espacios relativamente libres de censura, de imposiciones religiosas y de opresiones colectivas sistemáticas. Ese «ser libre de» ha hecho posible el «ser libre para»: para emprender, crear, disentir, asociarse y desarrollar proyectos vitales de distinta naturaleza. Por ello, conviene mantener la confianza en la democracia liberal. Solamente reformando y favoreciendo la mutación de esta forma política hacia niveles más próximos al ciudadano, podremos avanzar hacia un orden social compuesto por personas más libres, responsables y conscientes de su propia dignidad.

Si me equivoco será porque la ciudadanía ha dejado de valorar el compromiso cívico y la libertad como bienes de gran valía o porque, en ese proceso constante que es la política, la evidencia terminase mostrando que las sociedades pueden preservar la dignidad, el pluralismo y la convivencia pacífica de manera más sólida bajo fórmulas distintas a la democracia liberal.

Santiago Navajas

Profesor de Filosofía, ensayista y articulista en medios como Libertad Digital

La democracia liberal no podrá sobrevivir a la actual ola autoritaria que surfea sobre esa Big Sister que es la IA. Hobbes le ha ganado la partida a los liberales, de Locke a Hayek pasando por Spinoza y Tocqueville. No la está matando una "ola autoritaria" externa y contingente, sino la lógica implacable del Estado moderno que Thomas Hobbes comprendió con una claridad que los liberales nunca alcanzaron.

Los tres grandes observatorios de la democracia global coinciden en el mismo diagnóstico. Freedom House registra 2024 como el decimonoveno año consecutivo de declive en la libertad global. El Instituto V-Dem confirma que por primera vez en más de dos décadas las autocracias superan en número a las democracias y el 72% de la humanidad vive bajo regímenes autocráticos. El Economist Intelligence Unit certifica que su Índice de Democracia ha caído a mínimos históricos.

El Leviatán ha mostrado que es la forma hegemónica de organización en sociedades ya no grandes sino infinitas. El Estado se postula como el soberano absoluto que crea el orden, mantiene la seguridad e impone la paz civil. Los liberales, desde la Escuela de Salamanca en adelante, creyeron que podían limitarlo con derechos naturales, separación de poderes y economía de mercado "espontánea". Desde el punto de vista hobbesiano, el Estado crece porque debe crecer, como el cáncer, como el universo. Su esencia es la concentración progresiva de poder. China y Singapur se han quitado las máscaras, lo que no han hecho todavía la Unión Europea y los Estados Unidos, aunque siguen —tras los modos carismáticos de Trump y burocráticos de la Comisión Europea— el mismo patrón.

Tras Hobbes vino Hegel, y con él la sentencia definitiva. La Historia no es un paseo caótico de individuos libres, ese famoso y dichoso laissez-faire del que abominó el mismísimo Hayek, sino que el despliegue del Espíritu Absoluto (las relaciones hipercomplejas de la sociedad infinita de la globalización) se realiza plenamente en el Estado. El fin de la Historia coincide con la apoteosis del Estado, no con su desaparición, sino con su triunfo absoluto como síntesis, en palabras de Hegel, de racionalidad, libertad objetiva y poder organizado. Los liberales siempre pensaron que podían detener ese movimiento dialéctico con contratos sociales voluntarios y mercados autorregulados. Hegel les respondió que el Estado no es un instrumento de los individuos, sino que los individuos son instrumentos del Estado. Dostoievski leyó a Hegel en Siberia y lloró.

El liberalismo, en realidad, murió hace casi un siglo, y lo hizo por propia mano. Desde entonces, se arrastra como un zombi, inconsciente de su defunción y posterior putrefacción. El golpe de gracia se lo asestó el Coloquio Walter Lippmann de París en agosto de 1938. Allí se reunieron los grandes nombres del liberalismo para "renovarlo" y mutarlo dentro de un paradigma “neoliberal” en el que el Estado debía intervenir, regular, corregir y guiar. Guillotinaron el liberalismo originario al reconocer que el liberalismo clásico había fracasado (véase la revolución soviética, el crac del 29, el ascenso de Hitler). Pero lo que Hayek no pudo, o no quiso, ver es que así quedaba iniciado el camino capitalista hacia la servidumbre. Como con la actual Ilustración Oscura de los plutócratas iluminados de Silicon Valley. Schumpeter intuyó algo similar acerca de que el capitalismo sería destruido por su propio éxito. Donde él decía socialismo, debía haber dicho estatismo. El capitalismo no ha muerto como pronosticaba Marx, pero ha sido domesticado por el Estado como atisbó Schumpeter.

Desde entonces el liberalismo se ha convertido en utopía en el peor sentido, apenas un sueño –una pesadilla según otros– que repite mantras de "Estado mínimo" y "derechos individuales" que ya nadie toma en serio. Los gobiernos, las burocracias, los bancos centrales y las grandes tecnológicas siguen expandiendo el poder estatal con la excusa de la seguridad, la equidad, el clima o la "desinformación".

El fin de la historia liberal se acerca. En la lucha de civilizaciones que pronosticó Huntington, la liberal, laica, secular y racionalista lleva todas las de perder. La derrota de la democracia liberal irá aumentando a medida que el individuo se haga más pequeño y el Estado más grande. Su apoteosis adoptará la retórica liberal para introducir una dominación subrepticia en nombre de la seguridad y la felicidad. Un Estado autoritario de economía de mercado —seguro, próspero, eficiente, vigilante— que garantice orden y consumo, pero que no permita ninguna libertad negativa. Como mostró Huxley, el Big Brother orwelliano feminizado como Big Sister y disfrazado con la máscara de un emoji sonriente. Dostoievski lloró por todos nosotros.

Si me equivoco, será porque se reviertan los índices antes mencionados, se profundicen en los mecanismos democráticos al estilo suizo, se acabe con la cultura de la cancelación cultural, o se termine con la ideologización de la academia.

Hache

Serenamente radicales

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