¿Puede sobrevivir la democracia liberal a la actual ola autoritaria?

La pregunta del duelo

¿Puede sobrevivir la democracia liberal a la actual ola autoritaria?

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Eduardo Fernández

Politólogo, decano y director del grado en Relaciones Internacionales de la Universidad de las Hespérides

La democracia liberal ha constituido uno de los más importantes experimentos políticos de la historia contemporánea. Universalidad, igualdad jurídica, libertad y participación figuran entre los rasgos que mejor la definen. Las democracias liberales que se consolidaron a lo largo de los siglos XX y XXI se edificaron un pilar democrático, vinculado al sufragio universal activo y pasivo; un pilar liberal, sustentado en un acuerdo prepolítico relativo a la estructura de derechos y libertades individuales; y un pilar republicano, del que derivan la separación de poderes, el imperio de la ley frente al gobierno de los hombres y una concepción del civismo que garantiza oportunidades de participación mediante acuerdos libres y voluntarios de abajo-arriba, más allá de los canales convencionales de representación (i.e. los partidos políticos). En definitiva, la democracia liberal fue el resultado de un particular proceso histórico que tuvo lugar en varias naciones occidentales.

Durante décadas, esta forma política logró generar espacios de libertad individual difícilmente imaginables en otros contextos históricos, facilitando que un elevado número de personas pudiera construir sus propios proyectos de vida sobre la base de sus preferencias, convicciones y aspiraciones. Sin embargo, tal como anticiparon numerosos teóricos de la política, esta no debe entenderse como una estructura fija e inmutable, sino como un proceso en permanente transformación, capaz de adaptarse —o degradarse— en función de las tensiones que atraviesan a cada sociedad. Precisamente esa mutación de la forma es la que hoy observamos en buena parte del mundo occidental, donde muchas de las que fueron democracias liberales plenas parecen deslizarse hacia democracias/autocracias meramente electorales.

Esa mutación es, en buena medida, el resultado de la expansión indiscriminada de la lógica democrática a todos los ámbitos de la vida política y de la progresiva erosión de los pilares liberal y republicano. Cuando ello ocurre, la democracia abandona paulatinamente su dimensión garantista y su vocación de autolimitación institucional, dando paso a una lógica crecientemente plebiscitaria, proclive a lo que Tocqueville y otros identificaron como la tiranía de la mayoría. No obstante, la propia naturaleza dinámica de la democracia liberal, que explica su vulnerabilidad, constituye también su principal fortaleza, por su arquitectura institucional abierta al conflicto, a la corrección (no política), al disenso y a la reforma. Gracias a esto, resulta posible revertir sus derivas autocratizantes y recuperar su carácter abierto, plural e integrador. Todo ello depende, en último término, de la capacidad de la ciudadanía para participar, generar ideas y defender los espacios de competencia y libertad que esta forma política ha hecho posibles.

Si algo ha caracterizado a las democracias liberales ha sido su capacidad de integración, de incorporación de actores diversos en los procesos de deliberación, representación y toma de decisiones. Este rasgo ha tenido consecuencias ambivalentes. Por un lado, ha favorecido el crecimiento del Estado y la aparición de dinámicas de búsqueda de rentas por parte de grupos organizados. Por otro, ha permitido que actores históricamente excluidos accedieran a la voz pública y participaran en procesos competitivos que, aunque en ocasiones duros y conflictivos, han permanecido por lo general dentro de cauces pacíficos y ordenados.

La incorporación de nuevos actores al proceso político ha dado lugar, con el paso del tiempo, a un nuevo mapa de poder, representación e influencia. Este mapa es el que hoy se encuentra en crisis. Si asumimos que la política es un proceso y no una estructura definitiva, la respuesta a la crisis contemporánea de la democracia liberal no puede consistir en su congelación, sino en una nueva mutación. Más concretamente, en una reconstrucción desde abajo. Existen, sin duda, múltiples causas que explican la crisis actual de la democracia liberal a escala global; sin embargo, una de ellas aparece de forma recurrente en numerosos contextos nacionales: la creciente distancia entre élites y ciudadanía. Son muchos los ciudadanos que hoy no se sienten representados por unas élites que, en una democracia funcional, deberían actuar no solo como dirigentes políticos, sino también como referentes cívicos y morales.

Desde esta perspectiva, la salida a la crisis de la democracia liberal exige una fragmentación del poder político que acerque los procesos de toma de decisiones a la población y a las realidades concretas de quienes experimentan cotidianamente los problemas públicos. Para frenar las tendencias autocratizantes que atraviesan a muchas democracias contemporáneas, resulta necesario apostar por fórmulas de federalismo y municipalismo que permitan redefinir el mapa de élites que regula, de manera cotidiana, nuestras vidas. Y la paradoja es que ese proceso de reconstrucción solo puede llevarse a cabo a través de la propia democracia liberal. En la historia política de Occidente —ámbito en el que esta forma política fue concebida y desarrollada— no ha existido otro mecanismo de alternancia pacífica en el ejercicio del poder. Solo mediante instituciones liberal-democráticas es posible recuperar el control sobre las élites políticas y preservar aquello que la democracia liberal ha permitido hacer posible: que los individuos puedan edificar su vida a su manera, conscientes de que su libertad encuentra su límite en la libertad del prójimo y del conciudadano.

Leon Wieseltier señaló hace años que muchos críticos reprochan a la democracia liberal su supuesto carácter procedimental, burocrático y soulless, es decir, carente de alma. Al igual que el intelectual estadounidense, no comparto esa valoración. Muy al contrario, la democracia liberal ha sido la forma política que mejor ha sabido ajustarse a la complejidad de la naturaleza humana. Los seres humanos somos ambivalentes: ángeles y demonios. Somos distintos entre nosotros, pero poseemos una dignidad intrínseca por el mero hecho de existir. La democracia liberal ha sido capaz de acomodar esa complejidad y de favorecer el desarrollo de sociedades abiertas y pacíficas en las cuales se ha disfrutado de amplios márgenes de libertad.

La crisis contemporánea no debería distorsionar el juicio histórico y normativo que, como personas libres, debemos formular sobre esta forma política. La democracia liberal debe sobrevivir, pero también debe transformarse. Esa transformación, lejos de significar su abandono, exige profundizar en sus fundamentos mediante dinámicas de abajo-arriba que refuercen formas de cooperación responsables y voluntarias. Se trata de preservar y ampliar los grandes logros de la democracia liberal: la construcción de un mundo de personas conscientes de su complejidad, libres y responsables. Solo las sociedades liberal-democráticas han edificado espacios relativamente libres de censura, de imposiciones religiosas y de opresiones colectivas sistemáticas. Ese «ser libre de» ha hecho posible el «ser libre para»: para emprender, crear, disentir, asociarse y desarrollar proyectos vitales de distinta naturaleza. Por ello, conviene mantener la confianza en la democracia liberal. Solamente reformando y favoreciendo la mutación de esta forma política hacia niveles más próximos al ciudadano, podremos avanzar hacia un orden social compuesto por personas más libres, responsables y conscientes de su propia dignidad.

Si me equivoco será porque la ciudadanía ha dejado de valorar el compromiso cívico y la libertad como bienes de gran valía o porque, en ese proceso constante que es la política, la evidencia terminase mostrando que las sociedades pueden preservar la dignidad, el pluralismo y la convivencia pacífica de manera más sólida bajo fórmulas distintas a la democracia liberal.

Santiago Navajas

Profesor de Filosofía, ensayista y articulista en medios como Libertad Digital

La democracia liberal no podrá sobrevivir a la actual ola autoritaria que surfea sobre esa Big Sister que es la IA. Hobbes le ha ganado la partida a los liberales, de Locke a Hayek pasando por Spinoza y Tocqueville. No la está matando una "ola autoritaria" externa y contingente, sino la lógica implacable del Estado moderno que Thomas Hobbes comprendió con una claridad que los liberales nunca alcanzaron.

Los tres grandes observatorios de la democracia global coinciden en el mismo diagnóstico. Freedom House registra 2024 como el decimonoveno año consecutivo de declive en la libertad global. El Instituto V-Dem confirma que por primera vez en más de dos décadas las autocracias superan en número a las democracias y el 72% de la humanidad vive bajo regímenes autocráticos. El Economist Intelligence Unit certifica que su Índice de Democracia ha caído a mínimos históricos.

El Leviatán ha mostrado que es la forma hegemónica de organización en sociedades ya no grandes sino infinitas. El Estado se postula como el soberano absoluto que crea el orden, mantiene la seguridad e impone la paz civil. Los liberales, desde la Escuela de Salamanca en adelante, creyeron que podían limitarlo con derechos naturales, separación de poderes y economía de mercado "espontánea". Desde el punto de vista hobbesiano, el Estado crece porque debe crecer, como el cáncer, como el universo. Su esencia es la concentración progresiva de poder. China y Singapur se han quitado las máscaras, lo que no han hecho todavía la Unión Europea y los Estados Unidos, aunque siguen —tras los modos carismáticos de Trump y burocráticos de la Comisión Europea— el mismo patrón.

Tras Hobbes vino Hegel, y con él la sentencia definitiva. La Historia no es un paseo caótico de individuos libres, ese famoso y dichoso laissez-faire del que abominó el mismísimo Hayek, sino que el despliegue del Espíritu Absoluto (las relaciones hipercomplejas de la sociedad infinita de la globalización) se realiza plenamente en el Estado. El fin de la Historia coincide con la apoteosis del Estado, no con su desaparición, sino con su triunfo absoluto como síntesis, en palabras de Hegel, de racionalidad, libertad objetiva y poder organizado. Los liberales siempre pensaron que podían detener ese movimiento dialéctico con contratos sociales voluntarios y mercados autorregulados. Hegel les respondió que el Estado no es un instrumento de los individuos, sino que los individuos son instrumentos del Estado. Dostoievski leyó a Hegel en Siberia y lloró.

El liberalismo, en realidad, murió hace casi un siglo, y lo hizo por propia mano. Desde entonces, se arrastra como un zombi, inconsciente de su defunción y posterior putrefacción. El golpe de gracia se lo asestó el Coloquio Walter Lippmann de París en agosto de 1938. Allí se reunieron los grandes nombres del liberalismo para "renovarlo" y mutarlo dentro de un paradigma “neoliberal” en el que el Estado debía intervenir, regular, corregir y guiar. Guillotinaron el liberalismo originario al reconocer que el liberalismo clásico había fracasado (véase la revolución soviética, el crac del 29, el ascenso de Hitler). Pero lo que Hayek no pudo, o no quiso, ver es que así quedaba iniciado el camino capitalista hacia la servidumbre. Como con la actual Ilustración Oscura de los plutócratas iluminados de Silicon Valley. Schumpeter intuyó algo similar acerca de que el capitalismo sería destruido por su propio éxito. Donde él decía socialismo, debía haber dicho estatismo. El capitalismo no ha muerto como pronosticaba Marx, pero ha sido domesticado por el Estado como atisbó Schumpeter.

Desde entonces el liberalismo se ha convertido en utopía en el peor sentido, apenas un sueño –una pesadilla según otros– que repite mantras de "Estado mínimo" y "derechos individuales" que ya nadie toma en serio. Los gobiernos, las burocracias, los bancos centrales y las grandes tecnológicas siguen expandiendo el poder estatal con la excusa de la seguridad, la equidad, el clima o la "desinformación".

El fin de la historia liberal se acerca. En la lucha de civilizaciones que pronosticó Huntington, la liberal, laica, secular y racionalista lleva todas las de perder. La derrota de la democracia liberal irá aumentando a medida que el individuo se haga más pequeño y el Estado más grande. Su apoteosis adoptará la retórica liberal para introducir una dominación subrepticia en nombre de la seguridad y la felicidad. Un Estado autoritario de economía de mercado —seguro, próspero, eficiente, vigilante— que garantice orden y consumo, pero que no permita ninguna libertad negativa. Como mostró Huxley, el Big Brother orwelliano feminizado como Big Sister y disfrazado con la máscara de un emoji sonriente. Dostoievski lloró por todos nosotros.

Si me equivoco, será porque se reviertan los índices antes mencionados, se profundicen en los mecanismos democráticos al estilo suizo, se acabe con la cultura de la cancelación cultural, o se termine con la ideologización de la academia.